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Tenerlo todo para no tener nada. Podría estar en cualquier lugar que le apeteciese y disfrutar como le gustaba pero allí estaba, en aquella playa de arenas blancas y agua color turquesa. A solas, escuchando el devenir de las pequeñas olas rompiendo en la arena compacta mientras arrastraba hacia su interior sentimientos, Podría estar en otro lugar, sí, pero no quería, prefería sin un ápice de duda permanecer oliendo el salitre y clavando los dedos en la arena caliente aunque ni en un millón de años pudiera zambullirse en aquellas preciosas aguas. Quizá la noche le pudiera dar otra respuesta, pero se acordó de lo radiantes de todas las estrellas pintando la arena en un tono crema satinada.

Incluso la bestia más salvaje tiene un reducto de inocencia. Incluso la inocencia más sincera tiene un halo de perversión. Cuando se juntan ambas, el aire desaparece, el mundo se borra y solo se produce sed, hambre y deseo. Ella por miedo  a no ser, miedo a no poder, miedo a salir de aquellas aguas mansas y caminar por la arena ardiente y él por no corromper lo cristalino y lo bello, se quedaban ambos uno frente al otro mojándose entre ellos los pies. Ella pequeña ante él, poderoso e inmisericorde, jugando a no tomarlo en serio porque de otra manera se zambulliría hasta llegar a una fosa oscura donde él no pudiese encontrarla. Él, tembloroso por infame en sus pensamientos, deseoso hasta unos límites que jamás llegó a imaginar, escuchaba la dulce voz nerviosa, ondulando entre los labios carnosos. Palpitaban ante él incitándole a clavar los dientes y luego los dedos para terminar arrastándola tierra a dentro y convirtiéndole en lo que no era. Eran las ganas de gritar desde dentro lo que le mantenía cuerdo y ella, como los gatos, haciendo como si con ella no fuese la cosa y sin embargo, allí, de pie se mantenía con firmeza inusitada.

No me mires así, le repetía a cada instante, pero ¡cómo no hacerlo! Estaba atrapado en esos ojos brillantes y cegadores de pasiones y emociones. ¡Cómo no hacerlo! Con la piel erizada al sentir el leve roce y cuando éste desaparecía soportando un dolor que crepitaba como el fuego en la hoguera, azaroso y violento. ¡Cómo no hacerlo! Cuando la belleza y el deseo se reflejan en las uñas que ella a veces clavaba en su espalda.

Ella no sabía expresar lo que sentía o pensaba, todo sucedía en su cabeza, mitad inocente, mitad curiosa. Él sin embargo hablaba como nunca sin escuchar lo que decía, convencido de que así, en algún momento de un futuro inmisericorde, dejaría reposar su cabeza en sus hombros eternamente y ambos caminarían por aquella playa cambiando de lado cuando se les antojase.

Wednesday

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