Seleccionar página

Calor, frío. Siempre esa decisión que determinaba un estado de ánimo. Prefiero las cuerdas, sin duda. Si debo elegir, mis manos y mi mente se van a ellas. El tacto, rugoso y cálido, el ruido suave deslizándose entre sus hebras y la piel. El sonido de la tensión, del cierre de un nudo, de como golpea el suelo como si amortiguase el dolor. La ligereza con la que se deshacen los mismos nudos que antes inmovilizaban, incluso el hecho de poder cortarla. Su poder de flexión, de en la atadura más barroca, posibilitar el movimiento, la plasticidad de una suspensión, de un balanceo. Prefiero las cuerdas. Casi siempre.

Hoy, en cambio, era necesario el frío, el sonido pesado, tintineando, el golpe seco del acero contra el suelo, la suavidad del metal acariciando mis manos, el eco que produce el clic de los cerrojos, de las heridas que el metal de los grilletes produce en la piel por el roce y el peso. Hoy ella comprendería porqué es sumisa pero no una esclava.

Encadenada a la pared y al suelo, poco podía moverse, desnuda y en tensión le arrojé un cubo de agua helada por puro placer. La piel me transmitió su pesar rápidamente. Los pezones se endurecieron, el agua fría goteaba por su pelo y empapaba su espalda y sus hombros. Comenzó a temblar y los grilletes empezaron a realizar una de las misiones encomendadas, rozar sus tobillos y sus muñecas. Intentaba abrazarse con sus manos, rodearse de calor, pero las cadenas lo impedían, así que entre el castañeo de los dientes, los golpes de los eslabones de las cadenas entre sí y contra los grilletes, se formó un batiburrillo que intenté frenar con una bofetada. Se asustó por la sorpresa no por el dolor. No era la primera ni la última vez y su cuerpo acompasaba bien esos golpes. Sin embargo esta vez no lo vio venir como siempre hacía. Ni una palabra dije, solo la mirada era suficiente para que ella aguantase la compostura. El temblor de su boca por el frío era ya inevitable, así que le coloqué una mordaza para evitar el sonido y que pudiese morder algo y calentar el espíritu.

Me senté frente a ella, y me tapé con una manta, abrí un libro,  comencé a leer en voz alta. Ella me miraba, asimilando la diferencia entre ser un espíritu sumiso y uno absolutamente esclavo. Si bien la sumisión es un concepto tan variable como personas sumisas existen, la esclavitud no depende del esclavo. Una vez que asumes esa condición, te debes, te entregas, te ofreces, te dejas a la libertad con la que tu dueño podrá moldear. Ser sumisa no es fácil, ser esclava…soy incapaz de explicarlo con palabras. Así que seguí leyendo y busqué letras adecuadas e hice hincapié ellas. “Te diste, si, hoy fue así, pero antes fuiste vendida, desgarrada de piel y huesos, seleccionada entre miles por tu perseverancia para ir en contra de lo dictaminado. Y entonces sucumbiste, aprendiste que por muy alto que escales, habrá una montaña mayor detrás, y si en algún momento tuviste la ayuda de los dioses, por lástima en tu desdicha, y consiguieras llegar a la cima, tras ella un océano infame te esperará. Será entonces cuando las frías cadenas te parecerán reconfortantes y placenteras. Será entonces cuando asumas, arrodillada, mancillada y perversamente feliz tu condición”.

Alcé la mirada y ella estaba agarrada a las cadenas, con los nudillos en blanco, aguantando no caer. Me levanté y me acerqué. Abrí los grilletes de sus manos y cayó de rodillas golpeando fuertemente el suelo. Le tiré el plato de comida al suelo y parte del alimento se desparramó por el sucio pavimento. Ahora comienza la subida a la montaña le dije. Espero verte en la cima.

 

Wednesday

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies