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La euforia es como las burbujas de las bebidas carbonatadas, intenta salirse del recipiente con esa fuerza incontrolable para después, una vez expulsada, observar que lo que queda son apenas dos dedos de dulzura. La fiesta se prolongaba desde hacía horas en la parte delantera de la casa. La madera crujía como siempre en el porche y el ajetreo constante de aquel día parecía haberse olvidado entre tantos recuerdos. Quince años antes aquello era algo habitual. El sonido del aire y el mar de fondo, algo de música suave, las risas y los enfados, el crepitar de las brasas, el agua regando el suelo y los pies descalzos. Durante algunos años, el silencio decoró la casa y el jardín. Casi el mismo silencio que tenían los dos cuando se quedaban a solas después de la diversión. Ella le abría otra cerveza y él se la bebía con pausa mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar por los dedos en la nuca, hormigas disciplinadas que recorrían el camino de su espina dorsal, mordiendo de vez en cuando en los recovecos donde el dolor se atrincheraba para provocar un malestar permanente.

Cuando llegó a la parte de atrás, junto a la cerca de madera, recordó que hacía mucho tiempo que la tenía abandonada. El mismo tiempo que hacía que no se acercaba hasta allí. Se arrodilló y clavó los dedos en la tierra húmeda, apartando los terrones en una danza acompasada. No le costó profundizar hasta los cuarenta o cincuenta centímetros cuando las yemas de los dedos rasparon el metal oxidado. Con cuidado fue apartando la tierra de los lados hasta que vio los remaches que contorneaban la caja. Con algo de esfuerzo pudo sacarla y la dejó apoyada sobre uno de los montículos que había hecho al apartar la tierra mojada. Ese olor le sacó una sonrisa. Se sacudió las manos y se sentó sobre sus talones.

Tras de sí escuchó unos pasos ligeros que se quedaron a su espalda. Cuando se giró, ella no sabía si debía permanecer allí, dar media vuelta y recorrer de nuevo sus pasos o esperar alguna señal. Sin embargo, no tuvo que decidir nada. Él agarró su mano y tiró de ella suavemente. Se arrodilló a su lado de la misma manera y esperó.

Cuando abrió la caja, sacó primero el Nagoya-obi y el cordel Kumihimo ambos de tonos rojizos. Extendió sobre la arena un pedazo de tela Zanshi y sobre ella dejó el cinturón y el cordel. Ella interrumpió aquella especie de ceremonia agarrando su hombro. «¿Por qué ahora?”.

Sacó a continuación el tantō dentro de su saya con las dos manos y se lo entregó. Ella se sorprendió, pero lo recibió del mismo modo que se lo había entregado, con las manos abiertas y hacia arriba. Luego, él guardó el cinturón, el cordel y la tela en la caja, la cerró, la volvió a meter en el agujero y con las manos llenó de nuevo aquel húmedo vacío. Se volvió hacia ella mientras se sacudía la tierra en los pantalones. Ella no dejaba de mirar la hermosa empuñadura roja como la sangre y la funda negra. Cuando él sacó la hoja, el damasco aun brillaba como el primer día y el sol se reflejaba en la hoja. «De noche, a la luz de la luna es aún más hermosa», le dijo. Sobre el filo y la punta había unas manchas oscuras que él se quedó mirando fijamente. Le cogió la mano y le hizo acariciar con los dedos el filo. «Sangre», susurró. «Este cuchillo lo es todo para mí, lo fue todo para mí y quiero que siga siendo todo para mí. Todo este tiempo guardado, toda esa oscuridad contenida en esa caja fue la única luz que había conocido. Volver a escuchar las risas, volver a sentir el calor, volver a desear la entrega, necesita mucha luz. Quince años de oscuridad son demasiados para alguien que solo vive de día. Mi tantō vuelve a tener dueño y su filo volverá a tener sangre. Cuídalo.»

Se levantó le tendió la mano y volvieron a la euforia.

Wednesday

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