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El estío era su época favorita del año, los meses especiales para poder lucir sin pudor las marcas. Eso le decía él pero ella sabía que la vergüenza no reparaba en épocas o situaciones. Frente a la casa se extendía el azul incendiado de finales de junio y una ligera brisa sorprendentemente fresca recorría el paraje. Como otras tantas veces, la misma escena se repetía día tras día y aquella rutina para ella era un salvavidas. Adoraba sentarse a su lado sin nada que hacer y charlar de cosas intrascendentes mientras él bebía una cerveza y ella jugaba con su pelo y se refrescaba con un té helado. Era una imagen más bucólica que perfecta pero su repetición a diario, incluso cuando había tormenta, le transmitía cierta paz que en algún momento de su vida anterior anheló sin saber su significado. Miró hacia el suelo y comprobó con satisfacción que sus botas seguían estando en el mismo lugar en el que las dejó por la noche. Ahora, sus pies descalzos, reposaban cruzados el uno sobre el otro sobre la pequeña mesa que tenían en el porche. Los vaqueros tenían una capa de polvo y paja que la brisa se encargaba de repartir de allá para acá y entre trago y trago se sacudía de la barba. Ella olía al frescor de una ducha reciente y él, bueno, él olía como siempre.

Cuando terminó la cerveza ella estuvo tentada de levantarse para traerle otra, pero con un gesto de la mano frenó el movimiento que ya había iniciado. Se tocó de nuevo la barba y comenzó a contarle como el trigo cuando amarillea tiene la mala costumbre de prenderse en la ropa. Ella asintió porque no era ni la primera ni la última vez que regresaba a casa con espigas enganchadas en su ropa. Él continuó con su perorata en voz queda mientras ladeaba la cabeza y ella prestaba atención a lo que le decía. No le hacía caso porque lo que estuviera contando fuera interesante sino por cómo lo estaba contando. Y de esta manera muchas veces perdía el hilo del contenido, pero se mantenía aferrada a las flexiones de su voz como muchas veces lo hacía a su barba. La mirada profunda y la sonrisa medio abierta trajeron sus pensamientos al presente. ¿Entonces? preguntó él.

Se había perdido entre la barba y el sonido gutural e impreciso de la voz cuando la pregunta le hizo tambalear de la silla. Él se dio cuenta y rio como siempre, a carcajada limpia. “Te decía que tienes la piel demasiado pálida y que no hace falta que tomes el sol para dejarla como a mí me gusta“. Ella se preguntó entonces cuanto se había perdido de la conversación, aunque asentía sabiendo que fuera lo que fuera sería divertido y doloroso, sobre todo doloroso. Se quitó el vestido de verano y las bragas que aún olían a jabón y aire campestre. Se calzó las botas de él que, aunque le quedaban grandes hacían que se sintiera como el gato con botas, capaz de caminar y saltar legua tras legua sin esfuerzo. Bajó después del porche y se dirigió hacia campo abierto. Allí, las espigas doradas esperaban mientras bailaban con ligereza, como si el viento las dirigiera siempre hacia su piel blanca. Tras de sí le escucho gritar: “¡Corre!”

El trigo se convirtió entonces en millares de pequeños látigos y agujas que laceraban la piel y se calvaban sin miramiento. Incluso el sonido se asemejaba a ese restallar del cuero en su culo cuando a él le apetecía que se sentara sobre sus rodillas para observar de cerca la cara de dolor. Se dio cuenta entonces de que la brisa fresca que los había acompañado todo el día había desaparecido y el calor apretó de pronto tan fuerte que el sudor empezó a hacer estragos en las pequeñas y superficiales laceraciones de la piel. El trigo marcaba la piel y el sudor amplificaba el dolor. Cuando salió del campo y se acercó a él estaba empapada, agotada y dolorida. Entonces él extendió la mano y le dio una cerveza: “Mucho más guapa así, sin duda. El trigo se bebe y se come. Ven aquí“. Y ella se subió a horcajadas sobre sus caderas y se hundió en su barba mientras él tragaba la cerveza que había vertido entre sus pechos.

Wednesday

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