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Cada uno mide el tiempo a su manera y todas ellas son igual de buenas. Para ella los días eran hojas pasadas en una agenda que llenaba de satisfacciones y derrotas y eran marcadas con colores intensos y permanentes. Esa era la utilidad de las agendas, recordar sin ninguna duda lo que estaba bien y lo que estaba mal. Pero, sobre todo, lo que debería mejorar. Utilizaba un verde cartuja y se daba cuenta de que con el paso de los meses, el verde cada vez aparecía menos y eso le sacó una sonrisa.

Él sin embargo, medía el tiempo por estaciones. Primavera era la época de la nuca, de los dedos clavados entre las vértebras, de saber que el cuello no era más que un simple tallo flexible y a punto de romperse. Era el tiempo de las lluvias y del olor a tierra mojada, del barro seco en su ropa y del mojado entre las piernas. El estío era una época extraña, de cueros desnudos y sudor sin prácticamente roce, del aliento ardiente y la arena fina mezclándose entre los dedos, de los insectos posándose en el alfeizar y de los ojos entrecerrados deshechos por el sol. El otoño era su estación favorita, el crujir de las hojas, el chapoteo de los charcos, el viento al ras que levantaba faldas y ánimos a partes iguales, del ocre eterno bajo el cielo plomizo, pero también de las riberas húmedas con el discurrir del agua entre los gemidos ahogados. El invierno, frio, oscuro y con su noche eterna solo tenía un lugar en el que refugiarse, sus piernas.

En aquella manera tan particular de medir el tiempo, notó como en cada estación ella se encontraba más lejos de él. Al mismo tiempo sentía que estaba más cerca de sus pensamientos, pero no de su cuerpo. Él tan solo tenía que estirar su brazo un poco para acariciar su pelo que empezaba a crecer de nuevo. Aquel corte pixie que tenía cuando le conoció había dio paso a un bob que ya tapaba parte de su nuca cuando estaba acabando el verano. Ahí ya no estaba tan cerca de él mientras sentía sus dedos corretear entre su cabello lacio. A finales del otoño el flequillo ya tapaba toda la cara y los hombros empezaban a sentir las puntas suaves cuando él acariciaba sus hombros. Cuando el invierno terminó, sintió que cuando más necesitaba su contacto más alejado estaba. Podía ahora agarrar la coleta y tirar de ella a un brazo de distancia.

Cuando comenzó la primavera la acompañó a la peluquería y con una sonrisa pidió que le hicieran un corte pixie para no tenerla jamás a un brazo de distancia. Aquella manera tan particular de medir el tiempo también media la distancia. La distancia máxima a la que podría separarse de él.

Wednesday

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