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Al viento le gustaba observar desde la ventana. A veces incluso se infiltraba entre los pliegues de las cortinas buscando acariciar las costuras del sofá. Desde allí decidía si erizar la piel o calentar las emociones. Miraba entonces cómo le acariciaba la espalda, cómo los dedos saltaban por las cicatrices que, desperdigadas, tenían un patrón casi perfecto. Luego tamborileaba en los huesos de la columna como si fueran rocas esparcidas por un río furioso. Paraba y bajaba para hundir las yemas de los pulgares en los hoyuelos que se formaban sobre las nalgas, pozos oscuros de perversión. Cuando los apretaba, sonreía.

Se descolgó y agitó el vestido rojo, o era granate, mientras intentaba no quedarse atrapado entre los labios carnosos con los que ella empapaba las sábanas. Había caído con los ojos cerrados sobre la cama unos instantes antes, justo para que el cuerpo le impulsara hacia arriba girando sobre el cuello, que se erizó con el frescor. Quizá traía aroma a jazmín del jardín del exterior pero la fricción de las manos apretando los músculos del cuello hicieron que se desvaneciera. Suspendido en el cénit de aquella expresión, los pulgares acariciaron la nuca en círculos y los demás dedos se fueron cerrando sobre el cuello. El pelo, húmedo por el sudor y la saliva, aún olía a ella y ni el jazmín más aromático podría cambiar aquello.

Luego la lengua y los dientes comenzaron el ritual carnívoro, succionando la piel primero, la sangre después, pintando marcas sanguinolentas que a la mañana siguiente serían púrpuras y las heridas incisivas desgajarían el terso desplante de aquel cuello resplandeciente. Aquella nuca soportaba toda la memoria y todos los recuerdos desde los incios, desde que por vez primera la observó desde la altura y ella se sonrojaba sentada, mientras cerraba las piernas para no enfriar el infierno. Cuando la risa nerviosa estallaba en carcajada y él solo podía ver el deleite de aquel cuello hecho para sus manos.

Mientras lamía la nuca de abajo a arriba y con las manos ya liberadas de la presión, separó el culo, volvió a morder y emprendió el camino. El viento poco podía hacer allí y se deslizó de nuevo por las cortinas intentando olvidar el olor de aquel cuello con las fragancias de los jazmines del exterior, sin recordar si aquel vestido era rojo o granate. Incluso en aquellos momentos, sabía que sería imposible.

Wednesday

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