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Siempre volvía al mar. Volvía cuando se sentía vacío o cuando la plenitud había arrasado con toda su piel. Cuando la soledad era la simbiosis perfecta de los deseos y la esperanza. Se sentaba para ver amanecer, los barcos zarpar, los niños jugar. Paseaba con el sonido del mar a su derecha y las gaviotas planeando sobre su cabeza. La espuma, la arena, el sol cálido, la brisa y el salitre eran sus sentidos e hinchaban sus pulmones.
Sentado ahora en el suelo y con las piernas cruzadas, acariciaba su pelo, con calma, sin la prisa de terminar algo. No habían acabado sus delirios, muchas veces sepultados por los escombros que vamos dejando en nuestras vidas, cascotes amontonados sin ningún criterio y que vamos olvidando de la misma manera que aceptamos el mal como un pasajero incómodo pero predecible. Allí sentado, con ella entre sus piernas, todo había desaparecido. Cada uno tiene una percepción particular de sí mismo, es indudable que a veces agrandamos virtudes y aplastamos defectos o viceversa. En cualquiera de los casos con ella a sus pies todo aquello era completamente irrelevante.
Inmóvil, apenas los movimientos que le permitían las cuerdas, el pelo empapado de sudor y de mar, la mueca desencajada, la misma que conjuga el dolor y el pertinaz placer de sentirse aprisionada y rendida, balbucía sin mucho sentido, lanzando gemidos imperceptibles y la saliva burbujeando entre sus labios. Luego, él lanzaba los dedos como si fueran un peine tosco enredándose en los cabellos entre los nudillos para luego cerrar el puño y tirar de ellos. Era una manera brusca de colocar su cabeza buscando una posición más cómoda pero también en la que pudiera apreciar cada uno de sus gestos, cada gota de sudor y cada hilo de vida que salía de su boca entreabierta. El rumor del mar hacía de banda sonora acariciando los sentidos como hacía la volátil espuma que se levantaba por el viento creciente y los rayos de sol que perdían la fuerza del medio día. Allí los dos eran uno y todo desaparecía, todo lo anterior se esfumaba o se mezclaba con los otros sentidos como aquellas borracheras de risas y alcohol que atestiguaban sus noches más locas.
Hoy era la playa, pero ayer fueron las maderas del porche o la humedad del bosque después de la tormenta. Mañana sería cualquier lugar abandonado o el mismo dormitorio en el que se escondían de los demás para ser ellos mismos. Levantó entonces su cuello y lo mordió tan solo para sentir en la lengua el latido feroz de su corazón. Aquellos dientes eran como el arpón que se enganchaba en la carne y aunque luchases con todas tus fuerzas para desprenderte de él, lo único que conseguías eran laceraciones profundas y marcas para toda la vida. Las cuerdas sin embargo podían no estar, las marcas desaparecer, pero en el fondo, nadie ataba como él, nadie amaba como él y ella era su presa, más libre cuanto más inmóvil la mantenía.

Wednesday

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