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Había llovido y hacía ya un par de semanas que el calor dejó paso a la brisa fresca del otoño. La camisa blanca rozaba la piel y los pechos sin protección se volvían más sensibles a cada paso. Los pezones no estaban duros por el frío, aunque lo hiciera. No estaba acostumbrada a llevar las faldas ni tan cortas ni tan ajustadas y aún se preguntaba qué loca idea le había hecho creer que todo aquello era una buena opción. Mientras pensaba caminaba delante de él y agitaba las caderas en cada paso. No estaba segura de si él miraba o no, o lo qué miraba, pero el escalofrío recorría su espalda de arriba abajo. Sonreía nerviosa y se mordía el labio. Hubiese preferido que fuese a su lado, que le cogiese la mano, que la seguridad que necesitaba fuese tangible. Así en cambio, los latidos se aceleraban a cada paso y le costaba respirar.

Se pararon junto a unas escaleras, en una entrada de estilo neoyorkino y una puerta azul al fondo. Las rejas de hierro estaban recién pintadas y el negro brillaba a la luz de la luna. Al fondo un cartel de aviso en el que se leía un claro “Cuidado con los perros“. Se tensó, las fibras de su cuerpo se convirtieron en cuero moldeado por el miedo. La voz apareció como un susurro y ella miró al suelo. Se levantó la falda y con los dedos índice de las manos deslizó la goma de las bragas hacia abajo. La prenda fue bajando ayudada por las manos y los movimientos sincronizados de las rodillas. Primero levanto el pie derecho y luego el izquierdo. Colgó la tela de sus dedos y se la ofreció. Cuando él estuvo delante no dejó de mirar al suelo y ahora los escalones estaban ocupados por las botas. Él recogió las bragas y con ellas acarició el coño. El hilo de flujo centelleó en la luz de la noche.” ¿Quién necesita correa teniendo esto?” Le dijo sonriendo.

Él encabezó el descenso al infierno, con pasos firmes y ausencia de sonido mientras los de ella, clavaban el trueno de los tacones chocando con el granito y retumbando en las sienes. Dos golpes secos y la puerta se abrió un cuarto. Los miraron de arriba a abajo y la puerta se abrió del todo. Notó la mano en la cintura y un ligero empujón para que se adentrase en las bocas de aquellos lobos. La luz tenue se difuminaba a cada paso. El pasillo, excesivamente largo estaba adornado con figuras humanas, hombres y mujeres, desnudos, algunos ataviados con máscaras, otros sin ellas. No era una fiesta con código de vestimenta. Cada uno era lo que era y lo que enseñaba. Hombres con el pene aprisionado y la cara absolutamente tapada. Mujeres encadenadas, agujeros gloriosos a los que hombres y mujeres se arrastraban en busca del néctar nocturno. Cada imagen se iba quedando atrás y aparecían otras. No había un metro sin piel desnuda ni gozo o llanto. Los gruñidos se mezclaban con loas a cuerpos perfectos o miembros rotundos. Pezones retorcidos por dedos o instrumentos, fuego y metal incandescente, cruces y jaulas, máquinas de tortura o de deleite. Todo iba quedando atrás.

Cuando llegaron al final del pasillo todo el ruido era un mero rumor tras de ellos. Allí había una mesa cubierta por una piel de animal. Tras ella una silla. Ahora sí que sintió la mano apretando la suya, acompañándola hasta el borde de la mesa. Giró su cuerpo y desabotonó la camisa muy despacio. Lo pezones tenían ganas de liberarse. Dobló la camisa con cuidado y la dejó sobre una repisa, luego levantó la falda dejando ver el coño empapado e inflamado. Separó sus piernas e inclinó el cuerpo contra la piel. El abdomen y el pecho se sintieron reconfortados por la suavidad. Estiró los brazos hacia adelante y metió las muñecas en unos grilletes. El clic indicó que estaban cerrados y el tornillo giratorio fijó la presa. Hizo lo mismo con los tobillos. Se colocó delante de ella y descolgó una tela gruesa que cayó sobre su cuello. En el borde había unos enganches que se fijaron sobre la mesa. Ahora sólo podía ver lo que tenía delante.

Ella sabía que no era un hombre de símbolos, pero sí de detalles. Algunos de ellos, códigos que les vincularían por siempre. Cuando puso un vaso de agua delante de ella, a escasos centímetros de su cara supo lo que significaba toda aquella parafernalia. No pudo terminar el pensamiento. Interrumpido por una violenta penetración desconectó su cuerpo, pero no su mente. A través del vaso y distorsionado por el movimiento del agua y la refracción de la luz, contemplaba los ojos oscuros. Las embestidas eran brutales, acompañadas de guturales sonidos y arañazos en la espalda que a esas alturas chillaba más que su garganta. Notaba la sangre deslizarse por las costillas, el vaso balacearse y su coño reventar de la furia desatada. Los espasmos anticipaban el orgasmo y la dureza acompañaba, pero, sin avisar, el vació inundo su coño. El vaso dejó de moverse y aquellos ojos oscuros se fueron clareando. Desde el otro lado, los ojos claros se iban sumiendo en una profunda oscuridad que sólo brillaban cuando las embestidas comenzaban de nuevo. La oscuridad se volvía vacío y los gemidos empezaban a surgir de su boca entreabierta. Los gruñidos cada vez más salvajes y la luz de aquellos ojos antes oscuros atravesando el agua. La mesa se clavaba en los muslos y el dolor no atenuaba ni el deseo ni la excitación. Sentía las pollas unas tras otras, horadando la vagina y a ratos, los lametones de las lenguas empapadas jugando con los labios que a esas alturas estaban tan sensibles que se habían convertido en las cuerdas por las que resonaban los orgasmos, uno tras otro. Sentía entonces como subían a la mesa y le follaban el culo y al mismo tiempo se clavaba en la mesa. Apretaba los puños de rabia cada vez que una salía de su cuerpo y las abría con alivio y dolor cuando otra entraba sin avisar. Cada vez que una salía notaba el chorro tibio descargado que se escurría por el interior de los muslos y goteaba hasta el suelo mezclado con su flujo. Luego los mordiscos, aquí o allá, en los glúteos, en las costillas, dientes afilados que atravesaban la piel y la carne con tanta facilidad como las pollas habían hecho con su coño y su culo. Cuando terminaron él se levantó y se acercó. Libero las muñecas de los grilletes, los tobillos después. Acarició la piel lacerada y pringada de sudor, sangre y semen. Tiró de su negro pelo empapado y sucio, lo suficiente para que soltase un gemido. Luego retiró la tela y le dio la vuelta acomodando la espalda sobre la piel empapada que cubría la mesa. Separó sus piernas y las levantó.

La folló tan despacio que ella lo sintió todo, disfrutando de aquella sensibilidad extrema a la que le había llevado. El tiempo cambió y el placer fue tan intenso que el dolor de los mordiscos y las embestidas anteriores se difuminó en la nada. Antes de correrse dejó caer el cuerpo sobre el suelo sucio. Desde ahí arriba dejó caer el agua del vaso hacia la boca que ella abría con deseo. Después su semen se mezcló en sus labios. Se arrodilló y se besaron. Recogió el cuerpo mancillado y lo llevó en brazos hasta otra habitación. Allí el suelo estaba limpio y cálido. él sonrió y ella le devolvió la sonrisa. Todo había terminado y sintió que había sido suficientemente buena para él. Se arrodilló de nuevo y le dijo: “Yo he tenido cuidado con los perros. Ahora debes tenerlo tú“. Se levantó y cerró la puerta tras de sí al mismo tiempo que se abría otra.

Cuidado con los perros fueron las palabras que retumbaron en sus entrañas.

Wednesday

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