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Es difícil estar acompañado. Mucho más sentirse acompañado. Casi imposible ser compañía sin todo lo anterior. El alcohol descendía por la garganta como si un grupo de escaladores tuviese prisa por llegar al campo base y clavaban los crampones a mala hostia. Mientras intentaba aferrarme a esa picazón, ella miraba desde cierta distancia. Metía algo de ropa en la mochila y como siempre, se mantenía de puntillas sin darse cuenta. La camisa de cuadros le quedaba mejor que a mí y desde hacía mucho había desistido en ponérmela porque se anticipaba. Seguramente lo hacía para cabrearme, pero conseguía el efecto contrario. Mientras llenaba de nuevo el vaso me fijaba en aquellos tobillos finos y las piernas estilizadas. Su cuerpo menudo a veces quedaba oculto por mi espalda y ella aprovechaba para hacer ruiditos y hablar en voz baja en su idioma. Se pegaba tanto a mí que cuando paraba se golpeaba contra ella, me sacaba el aire y a continuación, me insultaba en ese lenguaje suyo que sólo hacía que riese a carcajadas. Si hubiera sabido lo poco que quedaba hubiese agarrado su cuello para quedarme con su último aliento vivo.

Le pregunté el motivo por el que hacía la mochila con una semana de antelación. Me miró con cara de complacencia y volvió la mirada a su faena para decirme que uno nunca sabe lo que puede pasar. Me reí como siempre por sus ocurrencias y por esa simplicidad con la que afrontaba la vida. Yo me iba una semana y ella tenía que trabajar esos mismos días. Podemos hacer esto cuando regrese, le dije entre sorbo y sorbo. Volvió a mirarme y dejó lo que estaba haciendo para acercarse despacio. Cuando estuvo frente a mí se arrodilló y puso las manos sobre mis piernas, dejó caer la cabeza despacio entre ellas y la dejó reposar sobre la hebilla del cinturón. Acaricié su pelo suave y corto clavando los dedos en la nuca con algo de fuerza. Gimió como un animal herido y se clavó el metal en la cara. El dolor de una de sus mejillas era el contrapeso a las caricias en la otra.

– ¿Cuándo supiste que sólo la muerte me puede separar de ti? – La pregunta me sorprendió como siempre.
– Seguramente aquella vez que te estrangulé y me pediste que te dejara morir así – Bebí otro trago que avivó el descenso de los alpinistas.
Lo dije en serio.
Sé que fue en serio. Por eso mismo he querido llevarte siempre a ese momento.
Debiste haberlo hecho.
Probablemente. Y aquí estamos, contigo quejándote de tu desgracia y yo disfrutando de mi suerte.

Se clavó un poco más en la hebilla del cinturón para aliviar la frustración permanente que rodeaba sus pensamientos. Estuvimos en silencio un buen rato, ella aguantando la respiración y yo el deseo de darle un par de hostias. Era en aquellas ocasiones cuando me sacaba de mis casillas, cuando se comportaba como una malcriada con ese afán de protagonismo destructivo que siempre dejaba patente. Me di cuenta de que yo había vuelto a beber más de la cuenta y aunque era sólo culpa mía, no dejaba de pensar que ella era el detonante de este abandono en el que ambos estábamos cultivando. Dejé de acariciarle la cara.

Intentas siempre pasar de puntillas en todo lo que concierne a tu puta vida – apreté su cara contra mi cintura hasta que oí el quejido – como si quisieras caminar sobre las aguas sin mojarte, creyendo que lo haces sobre un paseo que se pierde en el horizonte. No quieres mojarte los pies y eso es imposible. Si te quieres ahogar, hazlo, pero no toques los cojones. Si quieres que me ahogue contigo, dilo. Si quieres que te ahogue yo, grítalo. Pero no me apartes de tus putas decisiones cuando aguanto tu vida con mis manos. Porque de esto se trata, de tu vida.

Hizo fuerza para separarse, pero no la suficiente y el quejido se convirtió en un llanto infantil.

– Lloras ahora porque no puedes aceptar la realidad, que tu vida es tan importante hoy como tu muerte y estás acojonada de querer vivir y no abandonarte como llevas haciendo desde que te conozco. Eres incapaz de sentirte cuando estás suspendida porque te asusta darte cuenta de que eso es lo que más quieres, abandonarte a mí y no a tus impulsos suicidas. Has encontrado un amor que no te destruye ni te acompaña en tu autodestrucción. No hay precipicio a mi lado, sólo el dolor y la sangre que has deseado siempre. Hemos tenido esta conversación muchas veces y después, siempre me encuentro tu silencio y tu odio cuando me miras y luego te arrastras por el deseo. Tienes dos amores, pero uno te hará sobrevivir, el otro te está matando. Yo no puedo elegir por ti, sólo puedo hacerte todo aquello que deseas y te hace sentir viva, aunque sean por unos instantes.

Cuando separé su cara tenía marcada el contorno del metal y las lágrimas habían difuminado el poco maquillaje que llevaba. Luego se abrazó a mi abdomen y el mundo y el corazón se me pararon. Las intuiciones son muy putas cuando te das cuenta de que no puedes hacer nada contra lo que va a pasar. El penúltimo recuerdo es casi tan doloroso como el último y sin embargo, sólo la veo reír en el porche dando saltitos de alegría por cualquier estupidez maravillosa.

Wednesday

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