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En aquellos vacíos y silencios gélidos, siempre recordaba la primera vez que le dijo que las perversiones sólo tienen sentido si se comparten en la intimidad de las palabras susurradas en la boca. Aquella vez se dio cuenta de cómo, por mucho que dibujes tus propias perversiones, no son más que imágenes difuminadas de deseos que nunca podrán convertirse en nada. Cuando recordaba cómo él moldeaba las palabras entre beso y beso para formar ese alimento que deglutía sin mucha dificultad, y se saciaba las entrañas mientras su cerebro explotaba de manera incontrolada, su coño se convertía en un lago salvaje en el que poder zambullirse para entrar en calor.

Luego, con el tiempo, y después de construir una tras una los deseos perversos que alicataban sus sueños sintieron que las palabras convertían en realidad aquellos deseos ocultos y prohibidos. Juntos se alimentaron durante años con palabras, juegos, cuerdas, juguetes y muchos dientes masticando cada uno de los gemidos o gruñidos con los que se regalaron. Perversos eran en cuanto ambos se dieron cuenta de que el alimento era un deseo macerado en brutalidades, en pasos agigantados hacia lo sórdido que ambos, no sólo toleraban, sino que alentaban y promovían. No tenía nada más que acordarse del sonido de la cerradura, de la pared rozada del pasillo, de las sábanas perfumadas, o de estar sentados el uno junto al otro, leyendo o haciendo cualquier gilipollez con las piernas y los brazos enredados. Desde fuera se vería como una pareja más, como todas y como todas, escondían una verdadera cara que exteriorizaban cuando la luz se volvía tenue en el exterior e incandescente a su alrededor.

Las veces en las que era ella la que confesaba sus deseos y él con su mano imaginaria hundía su mente más y más para averiguar hasta donde llegaba aquella imaginación terriblemente obscena. Otras, cuando era él que se abría en canal y le exponía con crudeza descarnada hasta dónde quería llegar sin que el rubor apareciese en su rostro. Envidiaba aquello y lo extrañaba tantísimo que nunca había vuelto a sentir nada parecido. Ahora, mientras miraba la ventana desde la distancia y sentía la necesidad de tener sus palabras, indagaba hacia donde le hubiera gustado llevar una conversación depravada. Aquellos pensamientos ya no resultaban turbios, ya no le parecían ajenos a elle. Ahora y desde hacía años eran una constante, un paso más, una necesidad más, un control que con el paso del tiempo él seguía teniendo y de alguna manera hacía que sonriese al mismo tiempo que iniciaba un gemido.

Ser perverso es una cosa, compartir perversiones es otra. No ser juzgado por ello es suficiente para caer en lo más oscuro que un cuerpo es capaz de soportar y ella siempre quería soportarlo todo con él.

Wednesday

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