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Aquella papelería era especial, se agolpaban los recuerdos innumerables entre las libretas de colores, los papeles colocados por orden de grosor, tipo, textura. Todo estaba lleno de olores especiales y los sentidos se sumergían en una bacanal de la que ella era protagonista. Caminaba de su mano y con la otra, acariciaba los mostradores y los cajones donde se disponían los lapiceros kawaii de toda forma y tamaño. Sin darse cuenta, le apretaba los dedos y él devolvía el apretón sabiendo que era felicidad lo que transmitía. Allí, el tiempo se paraba, sobre todo para ella y se dejaba llevar por aquellas emociones tan especiales. «Podría vivir allí, dormir, comer y sentir», le dijo una vez con entusiasmo y él se lo tomó al pie de la letra.

Dejó que deambulase por los pasillos, entre los pliegos de papel yuzen, cuadernitos y postales. Se paró frente a los pequeños papeles cortados para origamis y una extensa vitrina repleta de papel lacado. Se detuvo al ver una caja de madera con su nombre. No estaba segura de si la sorpresa le hizo temblar o fue la risa nerviosa sabiendo que él estaba detrás, sonriendo. Se giró y esperó su permiso. Abrió la caja con cuidado, deteniéndose en los detalles de los adornos y de cómo estaba escrito su nombre, su verdadero nombre. Dos letras pueden tener mucho significado. Acarició la A y la i, la i y la A con las yemas de los dedos de ambas manos mientras la tapa se levantaba. Dentro había un estuche con una enorme cantidad de rotuladores pincel, rotuladores acuarela y otras dos pequeñas cajas negras. La explosión de colores en aquel entorno tan blanco y luminoso era especial. Entonces, notó cómo rodeaba su cintura con las manos y se apretaba contra ella. «Pinta y escribe lo mejor de ti», le dijo. «Ahora, abre las dos cajas negras».

Se levantó la falda sin dejar de mirarle y se sentó despacio. Las puntas taladraron la piel y se clavaron en los glúteos y en los muslos. En su mirada, el dolor y la excitación eran difícilmente distinguibles y con las manos sobre las rodillas, separó las piernas ante un gesto casi imperceptible. Sentía el calor y el dolor en oleadas y cuando él comenzó a acercarse, las pulsiones se acrecentaron. Se arrodilló ante ella y pasó las manos por el interior de los muslos. No necesitaba mirar. Conocía aquella piel porque era suya, sabía dónde tocar, dónde apretar, dónde clavar y observándose, como en una secuencia de cine negro, deslizó un clip por uno de los labios que se sintió aprisionado. Repitió el movimiento una docena de veces hasta que todo su coño se transformó en una cota de malla diminuta, con el metal enlazado. Si tiraba levemente de uno, todo el conjunto se movía en esa dirección. Luego sacó un rollo de cinta decorativa de color azul. Anudó la cinta al metal y lanzó el rollo por el pasillo. Después se levantó y se alejó hasta llegar al extremo de la cinta. Se sentó en el suelo y la tensó. Sonrió de nuevo y ella le sintió malévolo. No se equivocó. Tiró de la cinta y los clips fueron uno a uno soltándose y liberando los labios. En cada tirón, el cuerpo sentía una sacudida y a su vez, hacía que se incorporase de la silla para volverse a sentar. Era entonces cuando las chinchetas volvían a clavarse en la piel y en la carne. Se regodeaba en la lentitud, en la espera del siguiente tirón, aunque a esas alturas, los clips prácticamente se deslizaban por la piel empapada.

Cuando terminó recogió cada uno de los clips, extrajo una a una las chinchetas y las guardó en las pequeñas cajas negras. Cerró el estuche y se lo entregó. «Aquí tienes tus dos pequeñas cosas. Cuídalas.»

La falda volvió a su posición natural, como ella.

Wednesday

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