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Nunca tuvo miedo. Hoy no era diferente pero siempre le estremecía verle hacer las cosas con aquella tranquilidad, aislado del exterior, e imaginaba su mente ajena al ruido exterior. Apoyada en la mesa de madera rústica y con una taza de café humeante entre las manos le miraba como se miran los cuadros hermosos. Llevaba su camisa en un claro juego de clichés y los pies descalzos se apoyaban el uno sobre el otro. Se había olvidado de ponerse las bragas y las que por la noche le había arrancado se habían perdido entre las sábanas que estuvieron en el suelo desde que a él se le antojó apretarla contra el cabecero. Aún tenía la mandíbula entumecida.

Desayunaron juntos. Era un privilegio en realidad porque en pocas ocasiones coincidían en sus horarios. Aquella vez parecía todo bastante diferente. Dejó sobre la mesa un plato lleno de gofres, algo de fruta y leche, el café, un cuenco con jarabe de arce y un gancho de acero. Se estiró sobre la silla y le miró. Fue un desafío en toda regla y ella se dio cuenta al bajar la mirada temerosa y confusa. Antes siquiera de comprender lo que iba a suceder, se abalanzó sobre ella, agarró su nuca y apretó los dedos a su alrededor. Luego empujó la cabeza contra la mesa e hizo que se subiera en ella. De rodillas y con la espalda arqueada le dio unos ligeros toques en los muslos que separó rozándose las rodillas con la madera. Cogió el acero frío e introdujo el gancho en el culo. Un gritito salió escupido por la boca y sonrió. Anudó una cuerda al pasador y la pasó por encima de la viga de madera que atravesaba toda la cocina. El resto del cabo cayó a plomo sobre la mesa con un seco estruendo que hizo vibrar las tazas de café y los platos llenos de comida. Tiró de la cuerda suavemente mientras pasaba la otra mano por el cuello, levantando el cuerpo en un movimiento natural. Con la cuerda tensa y ella de rodillas y estirada le ordenó que se pusiera en cuclillas. Ella obedeció tanto por el mandato como por la tensión que la cuerda ejercía sobre el gancho. “Para”, le dijo, y ella tensó los muslos para aguantar su peso.  Él soltó la cuerda y dio la vuelta a la mesa hasta ponerse frente a ella. Se sentó con calma y sorbió algo de café. Colocó el cuenco repleto de jarabe de arce e introdujo en él una cuchara de miel. Aquel instrumento con forma de huevo y compuesto de secciones se llenó rápidamente del jugo caramelizado del árbol. Se lo enseñó y se lo dio a probar, goteando por los labios y la barbilla. Después se lo introdujo en el coño y lo dejó en vertical apoyado sobre la mesa.

“El jarabe de arce cuando se seca es bastante pegajoso”, le dijo mientras cogía un gofre y lo ponía debajo de ella. “Tiene un sabor maravilloso y con un poco de suerte, si eres capaz de estar cachonda todo el tiempo que vas a estar así, no se pegará dentro de ti y se irá escurriendo por la varilla hasta el gofre. O quizá, la tensión de estar en esa posición te bloqueará y no te excitarás los suficiente. Entonces será bastante complicado sacarte la cuchara de miel con suavidad y cariño”. Ella escuchaba y sentía. Por un lado, los músculos empezaban a quemar en aquella postura incómoda sabiendo que no podía dejar caer más el cuerpo porque el gancho, aunque la sostuviera, se le clavaría hasta las entrañas. Por otro lado, empezaba a notar cómo el jarabe por un lado se escurría y por otro se empezaba a secar. Dentro de su coño ya casi no se movía. Entonces le miró pidiendo algo de tregua y solo obtuvo un cruce de piernas y un sorbo de café, una media sonrisa y un suave: “¿A qué esperas?

Miró hacia abajo con las piernas temblorosas y vio por primera vez una imagen hermosa. Notaba cómo su flujo se mezclaba con el dorado jarabe e iba resbalando por la varilla, y sintió que aquel hombre estaba convirtiendo la savia bruta de su flujo en un elixir dulce y acaramelado. Se sintió estúpida por aquel pensamiento tan ridículo, pero al mismo tiempo se estremeció y comenzó a llorar. Esas mismas lágrimas consiguieron que su excitación fuera en aumento y el jarabe empapó el gofre. Notó entonces cómo sacaba la cuchara de golpe y se quedó mirando. La introdujo en la boca y se levantó. Se colocó a su espalda y desató la cuerda. Dejó que la cabeza se apoyase de nuevo en la mesa y sacó el gancho. Después agarró su cuerpo y la llevó hasta la silla, le acercó el café y el gofre que ella misma había preparado.

Nunca un desayuno le había parecido tan maravilloso.

Wednesday

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