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Tan acostumbrada a ceder el control, no reparaba que ese mismo control era absolutamente diferente en los momentos anteriores y los posteriores. Fiaba todo al número que creía ganador, pero con el tiempo se dio cuenta de que siempre perdía en aquellas apuestas. Ni siquiera luego podía recordar con detalle lo que sucedía en aquellas sesiones que se prolongaban en el tiempo. Una y otra vez llegaba a ellas sin una preparación acorde a las circunstancias y era ella misma la que se sugestionaba para poder acceder a esos estados mentales tan apabullantes que siempre estaba al borde de perder el sentido. No criticó nunca las proezas de sus parejas, sabía que lo daban todo y se preparaban a conciencia, pero, aun así, no conseguí dar ese primer paso enigmático y sustancial con la mente completamente despejada. Siempre le faltaba algo. Quizá se quedaba sin aire demasiado pronto, quizá el lacerante dolor que atravesaba su piel fuese precipitado, quizá la intensidad inicial fuera demasiado alta. Durante un tiempo no valoró eso. Pero entonces cambió.

Aquel día iba con tanto deseo e intensidad que su parsimonia empezó a corroer sus entrañas. Él, sin embargo, miraba entre travieso y expectante esperando el momento adecuado. El primer gesto fue parar sus pies con un ligero toque en el pecho y una mirada de mala hostia que rebajó su entusiasmo hasta casi el mismo orgasmo. Eso jamás le había sucedido. Alargó tanto el primer roce con los dedos que la piel le dolía, pero al mismo tiempo no dejaba de mirarla, con deseo, desprecio y frialdad a partes iguales. Estuvo tan descolocada que las piernas empezaron a no poder soportar su peso. Quiso hablar, pero la bofetada fue tan certera como el cuchillo afilado que estaba sobre la mesa y que antes había cortado sin ningún esfuerzo la tela de su camisa. Él daba vueltas, miraba, rozaba, olía y ella se sintió animal por vez primera. Había una gran diferencia en que la tratasen como una bestia a sentirse como un desvalido animalito a punto de ser devorado.

Pero nada de eso sucedió en los instantes siguientes que se alargaron hasta la extenuación. La piel gritaba, su coño gritaba y la garganta estaba seca de chillar sin voz. Luego fue un vendaval, una caída sin sentido por un terraplén de emociones, dolor, sufrimiento y placer que lo único que conseguía era girar sin ningún tipo de control. Pero lo cierto es que nunca se había sentido tan segura.

Cuando acabó, el cuidado posterior se alargó hasta que ella pudo ponerse en pie y mirar de reojo antes de darse cuenta de que aquellos momentos eran puro entretenimiento. De pronto le asaltaron preguntas y acciones que había estado repitiendo en otras ocasiones. A veces quería salir corriendo nada más terminar, otras simplemente llorar o guardar silencio, pero nunca tuvo la libertad de poder hacer lo que quisiera. Quizá no había mejor cuidado que saber que él estaba y una vez ahí, disfrutarlo. ¡Cuánto se había perdido por el camino!

Wednesday

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