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Los recuerdos se quedan estancados en el tiempo. De la misma manera que cuando viajas en tren y observas por la ventana como aquel risco, bosque o colina se va quedando atrás, haciéndose pequeño y que inexorablemente se pierde en la lejanía, sólo vuelven a nuestro presente cuando se deshace el camino andado para regresar a lo que nos llevó a tenerlos presentes durante mucho tiempo. Es la lejanía la que nos hace entender que es mejor el recuerdo que la auténtica impresión de lo acontecido. Ese viaje te llena de arrugas y canas, te hiela la sangre y endurece el alma. el corazón ya no bombea sangre y la mirada se queda ingrávida ante los cambios. Por fuerza o a empujones te diste cuenta de que es mejor cambiar que mantenerse impasible.

Pero nunca contamos con la vida, maravillosa casi siempre e hija de puta en ocasiones, jugando al despiste y al engaño y sorprendiéndonos como casi siempre. La calle aquel día estaba repleta de risas y jolgorio, de niños correteando mientras gritaban de un lado a otro, de canes alegres olisqueando las conversaciones de las esquinas, del sol del invierno calentando las pieles ocultas por los abrigos. De frente, la sonrisa radiante se apagó de inmediato intentando ocultar las arrugas incipientes y la mirada distraída. No había cambiado mucho, lo justo para que la experiencia hubiese reposado en su cuerpo. Fue una sorpresa, quizá un regalo. Volver a aquella mirada complaciente tantos años después, con un impasse en el que se habían diluido todas las vivencias y todos los sabores, le permitió descubrir que los matices y los aromas habían desaparecido. Años antes imaginó algo similar pero el resultado era otro bien diferente.

Se lo habían dicho todo y ahora, en ese encontronazo inesperado no tenían nada que decirse. Lo habían sido todo, pero ya no quedaba nada. ni siquiera la sonrisa tímida y forzada le hizo sentir algo en su interior. El vacío que una vez estuvo repleto de su amor era ahora una roca granítica imposible de traspasar. Los minutos fueron algo incómodos y nada de aquello fue reconfortante. Quizá el calor que algunas palabras encendieron se apagó con los recuerdos lejanos. Lo que una vez fue pasión, dolor y cuerdas, sangre, semen y saliva, hoy solo era un pergamino en el que se relataban vivencias ancestrales que no servían para nada. El valor de aquello se había perdido y la mirada pizpireta hoy simplemente era un manto helado de indiferencia.

Probablemente ella sintiera lo mismo. Era lo que deseaba, que sus llamas se hubieran apagado al mismo tiempo. Era un deseo poderoso que le permitía centrarse en lo importante y desterrar la mitificación de que aquella piel había sido suya hasta la extenuación. La despedida cordial y fría fue el preámbulo de otra sonrisa, mucho más madura y más cercana a su realidad. La edad no perdona, se dijo entre dientes mientras ya daba la espalda a su pasado lejano para centrarse en el futuro esperanzador del cabello negro y los ojos verdes que esperaban al otro lado de la calle. Aquella compañía no agitaba nada más que su alma y en aquellos momentos era lo único que necesitaba.

El adiós definitivo es una victoria, sin duda, un paréntesis más que justificado para poder descubrir la verdad de su deseo.

Wednesday

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