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Aunque lo sabía, aunque desde siempre lo había tenido claro, aunque por mucho que luchase había cosas que nunca podría cambiar, la prisa y el ansia por conseguir lo que quería siempre la conducía a la desesperación. No había más motivo que ella en esa constante lucha contra la pausa que él le reportaba, un enfrentamiento en que siempre salía perdedora. Lo sabía y, aun así, continuaba en esa escalada imposible. A veces el desencadenante era una nimiedad, otras veces era puro aburrimiento, otras una inestimable forma de tocar los cojones. Ahora, con las rodillas clavadas en el suelo, el frío carcomiendo los huesos y la saliva goteando de su boca abierta, pensaba que quizá debía haber tenido la boca cerrada.
Siempre las prisas, siempre la impaciencia. El hilo fino y cortante se tensaba poco a poco desde su lengua, en la que estaba anudado hasta el clavo perfectamente incrustado en la madera. La tensión se incrementaba en la medida que el hilo se enrollaba en la cabeza de la punta metálica. Él miraba y dependiendo de la reacción, daba una vuelta más o esperaba con el mismo objetivo que ella tenía cuando no cerraba la boca; tocar los cojones. La saliva continuaba en su camino suicida desde la punta de la lengua, que hacía de trampolín, hasta el suelo. En ocasiones se estiraba tanto la gota que simulaba ser otro hilo diferente, una ruptura del espacio y tiempo en que se podía perder sin ningún problema y sin echar la vista atrás. Entonces tocaba el hilo como si fuera la cuerda de un sitar y la gota se descolgaba por abajo y por arriba saltaba con júbilo esperando que el suelo no estuviese tan frío. Algunas de ellas caían en los muslos y se enfriaban tan rápido como se estaba calentando su coño.
Cuanto más impaciente se volvía más lento él hacía los movimientos. Una vuelta más y la lengua se estiraba unos milímetros hacia afuera. Si intentaba cerrar la boca notaba entonces la presión del hilo, cortante y seguro dejando salir algo de sangre. Aquellas heridas pequeñas luego dolerían, pensó. Entonces sin previo aviso se sentó frente a ella subido a la mesa en la que estaba amarrado el hilo. Su lengua fuera estaba separada de él únicamente por el hilo conductor. Estuvo tentada a alcanzar con sus manos la polla que tenía delante, pero recordó que las tenía atadas a la espalda. Se maldijo por bocazas mientras le miraba e intentaba descifrar la sonrisa perversa que se le dibujaba en la cara. Todo lo hizo lento, muy lento. Se acariciaba con tanta delicadeza que la saliva comenzó a ser una fuente inagotable. Empapaba el hilo, pero la inclinación hacía que el líquido cayese de nuevo a su boca. Gemía en silencio por los gruñidos y se decía que todo acabaría bien, mejor dicho, como ella quería.
El semen brotó contenido, observaba como el espasmo y la contracción muscular era controlada por la mano. El hilo se perló de alguna gota esporádica que comenzó a deslizarse hilo abajo. Ahí estaba la recompensa. Él, sin embargo, tensó el hilo para ralentizar la caída y ella gimió maldiciendo. Sonrió al escuchar el gemido ahogado por la saliva y alargó el descenso hasta que ella comenzó a frotar las rodillas con la esperanza de alcanzar su deseo. Instantes antes de que el semen tocase la punta húmeda de su lengua él cortó el hilo permitiendo que las gotas de semen se mezclasen con la saliva y el resto del líquido diseminado en el suelo. Ella, al igual que los perros, sólo esperaba la orden, impaciente. La caricia en el pelo fue la señal.
El hilo no es más que una unión ficticia.

Wednesday

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