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El distanciamiento tiene ese estigma de la frialdad que a veces somos incapaces de afrontar. El hielo, el tiempo y el silencio se habían apropiado de las sábanas, de las huellas que muchas veces poblaron el suelo húmedo y el vaho, perenne, hacía cabriolas en el aire esperando que el calor regresara de alguna manera. Aquella mañana se despertó sobresaltada, el sueño empujó a su cuerpo a retorcerse y aunque había descansado, el sofoco y el calor peleaban por escaparse de la trampa en la que se habían convertido las sábanas. El roce de las piernas deshizo el nudo hasta que el cuerpo desnudo quedó expuesto al frío. Había olvidado que el silencio enfriaba más que la escarcha y junto al suelo, los recuerdos se hicieron sensibles. Se levantó a duras penas, se puso una camiseta y descalza caminó hasta la cocina. El ruido del café era el de siempre, igual de pausado e intenso y el borboteo del agua evaporándose por las juntas y silbando al contacto con el metal le provocó un vacío en el estómago. Intentó alejar de su cabeza los sueños y los recuerdos, pero no fue capaz.

El teléfono vibró a lo lejos y la pereza, que en condiciones normales le hubiera hecho quedarse sentada frente a la cafetera, se convirtió en una alerta silenciosa. Miró hacia el final del pasillo, a la neblina que aún revoloteaba junto a la puerta de la habitación, se levantó y se deslizó descalza por él. Cuando activó el teléfono vio el mensaje, vio el contacto, sintió la presión en el pecho y el estómago y se le secó al instante la boca. No esperaba aquel mensaje, aunque desde hacía mucho tiempo lo anhelaba. Se sentó en el borde de la cama y leyó.

«Fóllate.»

Una sola palabra puede reducir a escombros todo lo que has construido, borrar de una sola vez el tiempo y la distancia y hacer visibles y reales todos los recuerdos. Se sintió paralizada, la tensión de su cuerpo era tan clara que notó que, bajo la puerta, él estaba observándola. Daba igual lo que hubiera sucedido e incluso la lucha interior que en aquellos momentos comenzaba a fraguarse era un conflicto perdido. El teléfono volvió a sonar, dejó caer el cuerpo y cerró los ojos. Sintió el ahogo, el aire prisionero en los pulmones, los latidos pasando desde el cuello hasta sus dedos. Notó el desgarro de la garganta cuando los labios chocaban contra el pubis, cuando la saliva encharcaba la lengua y los gemidos chapoteaban en ella. La pelvis chillando cuando el peso del cuerpo la abría y las manos se clavaban en los muslos al tiempo que sus entrañas revivían aquella constante. Recibía los golpes por dentro y por fuera, tratada como una muñeca de trapo, mecida con furia y la cara aprisionada entre sus pies y las sábanas. Luego la lengua mezclada con los dientes crujía en los hombros y su culo se dilataba con las embestidas, secas, intensas, constantes. Las palmas acariciaban los pezones y luego, con el previo aviso de gruñido, golpeaban los pechos que vibraban y rebotaban hasta el siguiente golpe. Los succionaba y masticaba, los estiraba tanto que podía quedarse suspendida de aquellos brutales pellizcos. Después la espalda sudorosa dejaba de arquearse para que las piernas pudieran temblar al ritmo de los azotes en el clítoris. A cada golpe le sucedía una caricia y así podía estar hasta que se cansara, aunque ella gritase de dolor o de placer porque a esas alturas era incapaz de notar la diferencia. En los espasmos ella se sentía fuera de sí y él dentro de ella.

Abrió los ojos y le vio con los ojos negros incendiados mientras regaba su pelo entre temblores descontrolados. Dejó la espalda reposar y las piernas se relajaron. Resopló y el teléfono volvió a sonar.

«Otra vez.»

Wednesday

 

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