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“Aquí, conmigo. No te separes, deja que te vea, date la vuelta, colócate el pelo. Ven, no me sueltes, no tenses la correa, camina despacio, baja la mirada. Aquí.”

Todavía lo imaginaba, cerraba los ojos y escuchaba su voz, la que le susurraba y le hacía reír. Parco en palabras, la intensidad la canalizaba con la mirada. Cuando los gemidos se prolongaban en una constante y mientras apretaba su cuello, no necesitaba escucharle porque todo lo había dicho al comenzar. Implacable en los gestos y en las acciones, todo sucedía como le había dicho. Aquello era una tortura y se estaba haciendo a ella.

El permanente conflicto que en su cabeza se había instalado le jugaba malas pasadas y llantos, que aparentemente, no sabía cómo reconducir. Ella hablaba todo, necesitaba esa comunicación en su vida, con todo el mundo. Él no. No era del todo cierto, lo hacía, pero no en el sentido que ella quería o necesitaba. Entonces, él le miraba y fruncía el ceño porque sabía que esperaba que dijera algo. Todo su cuerpo gritaba por aquello, esa necesidad de que la comunicación fluyese en ambos sentidos, esa necesidad de saber y de sentir que estaba todo en orden, correcto, perfecto. La base de cualquier relación se decía una y otra vez y sin ella, o se volvían inestables y se rompían, o eran un compendio de emociones incomprensibles que estaban abocadas a golpear un muro infranqueable una y otra vez.

Luego, enmarañada en su frustración, recibía las órdenes y su voz acallaba toda aquella niebla y se erguía monolítica en su entrega. Cuando descansaban ella revivía de nuevo aquellas sensaciones sin percatarse de que él miraba con una mezcla de orgullo y curiosidad. Le daba vueltas al porqué de aquel cambio tan drástico que permitía canalizar la furia de la tormenta que azotaba sus pensamientos, hacia la calma y la obediencia. Era su voz por supuesto y era ya en el descanso del destierro cuando necesitaba exponer todo lo que había pasado. Sin embargo, callaba.

Se reconfortaba en los abrazos balsámicos, en los ungüentos que refrescaban los roces y las heridas, en los dedos mesando el cabello y los labios acariciando la piel de su nuca. Era la victoria sobre la derrota, la de los guerreros sobre los esclavos y del resurgir de estos desde el lecho de la tortura hasta el altar de la obediencia. Era feliz sin hablar mientras el conflicto se aplacaba entre los brazos, pero no eran suficiente contenedor para tanto deseo. Ella entonces se giraba y le miraba con respeto y acariciaba su rostro en el que ya se clavaban las agujas del tiempo y le veía con esa mirada tan suya y poco descifrable. Abría la boca para hablar, pero ahogaba el sonido, no sabía si por temor a la represalia o a estropear el momento. Cuando luego él fijaba su mirada se daba cuenta de que le decía casi todo y la suya palidecía y se obligaba a ceder. Era en aquel instante cuando la voz inflamaba su pecho y expresaba todo lo que necesitaba.

“Aquí, conmigo. No te separes, deja que te vea, date la vuelta, colócate el pelo. Ven, no me sueltes, no tenses la correa, camina despacio, baja la mirada. Aquí.”

Wednesday

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