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El suelo estaba frío. La luz que entraba por el ventanal no era apacible, pero le permitía estar en su mundo, observando sus pensamientos e intentando responder preguntas que no entendía cómo habían llegado hasta allí. ¿Cuántas semanas llevaba así? ¿O eran años y no se había dado cuenta hasta ahora? Había empezado a caer por un tobogán que parecía no tener fin y a cada metro del descenso sentía como se sumergía más y más en esa apacible oscuridad. Se tensó cuando oyó la puerta abrirse pero permaneció en la misma postura. Era la primera vez, en realidad era la primera vez para muchas cosas. La primera para darse cuenta de que los planetas orbitan alrededor del Sol, pero su mundo ya no. La primera vez para entender que las líneas que trazamos como límites irrenunciables habían desaparecido y aunque le volvía loca no encontrarlas de nuevo sabía que estaban en otro lugar. Ese lugar ya no era suyo.

Notó los pasos firmes y cautos, el crujir del cuero. Cerró los ojos para sentirlo mejor. El aroma que desde la puerta ya llegaba hizo que lanzara un gemido tímido. Cuando estuvo a su lado notó como se arrodillaba y comenzó a acariciarle el cabello de la misma manera que se acaricia a la perra cuando se entra en casa. Hubiese movido la cola si la tuviera, pero sólo abrió los ojos. Le vio allí, arrodillado a su lado, gentil, gigante, oliendo a su día de trabajo. Notaba de vez en cuando el roce de su ropa en la piel desnuda. Deseó que poseyera su cuerpo postrado, de rodillas y con la cara apoyada contra el suelo, que reventase sus entrañas y dejase todo lo malo de su día en su piel. Sin embargo, sólo consiguió sacar una sonrisa de su boca y un sencillo: «Quédate así que hoy tenemos invitados.»

Las palabras bloquean más que las acciones, que los hechos en sí mismos. Eso lo sabía desde hacía mucho pero no a este nivel. El suelo ya no parecía tan frío y su coño empezó a demostrar de lo que estaba hecha. Sólo aquellas palabras habían acercado el orgasmo a su mente.  Se sintió petrificada y excitada a partes iguales, no tanto por el hecho en sí sino por las posibilidades que esas palabras habían abierto. Durante el resto de la tarde le oyó deambular por toda la casa y notaba que no le quitaba la vista de encima. A veces se acercaba para acariciar su pelo o su espalda. Otras, comprobaba el estado de sus rodillas, enrojecidas por la larga espera. Le dio agua para su garganta seca y comprobó de vez en cuando cómo de mojada estaba. Siempre lo estuvo.

Cuando la gente fue llegando oía comentarios sobre ella, expuesta a todos, abierta para todos y ese sencillo gesto mantenía su coño empapado y su mente en frenética lucha por convencerse de que correrse en aquel momento no era bueno. Sin darse cuenta la cena comenzó y ella le miraba. Él de vez en cuando giraba la cabeza para ver cómo se encontraba. Sonreía cada vez y eso para ella era el alimento que necesitaba. Hacía mucho ya que había dejado de escuchar las conversaciones silenciadas por los deseos que tenía sobre él. No necesitaba nada más. Su gravedad había atrapado su mente y su cuerpo y ahora sólo giraba alrededor de él. De aquellas ensoñaciones fue traída de vuelta cuando notó como una enorme polla comenzaba la búsqueda del orgasmo que llevaba todo el día esperando. Abrió los ojos y allí estaba él sentado, bebiendo vino mientras el orgasmo se precipitaba dentro de ella. Gritó de placer para tener su atención, pero no obtuvo respuesta. Después, uno a uno, los invitados fueron entrando en su cuerpo cambiando el camino del ultraje por el del reconocimiento. Todos y cada uno de ellos dejaron su impronta mientras él bebía y reía ajeno a lo que sucedía. Ella le buscaba y la rabia ahora se había apoderado de sus deseos. Aun así, siguió inmóvil hasta que todos se fueron. Después el desapareció al final de la casa y regresó minutos más tarde.

Escuchó de nuevo los pasos y notó como los brazos levantaban su cuerpo. El pasillo largo se le hizo eterno, inmersa en esa nube de rabia y frustración se dio cuenta de que no había estado más excitada en toda su vida. Entraron en el baño y él, vestido aún, se introdujo en la bañera con ella en brazos. Se sentó y arropó con todo el cuerpo el suyo. Luego besó su frente, sus mejillas y sus labios mientras comenzaba a limpiarla despacio. Tan despacio que el dolor no fue físico. Se rompió por dentro porque sabía, porque supo, porque sabrá que él siempre recompondrá cada uno de los pedazos en los que la rompa.

Wednesday

 

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