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Entre tanto ruido se produce la confusión. Allí se aislaba, en el refugio en el que se habían convertido aquellas caderas poderosas, donde posaba las manos y las dejaba lánguidas durante unos instantes antes de empezar a presionar la piel y la carne. Amasaba con poca delicadeza buscando terminaciones nerviosas para quebrarlas y transformarlas en puntos de entrada emocional. Se quedaba abstraído de todo mientras sentía el roce, los pliegues, las irregularidades. Todo aquello era un conjunto inviolable hasta que él puso las manos. El barro tosco y pegajoso en el primer contacto no estaba hecho para principiantes ni para cobardes. Se atemperaba con el contacto, con las incisiones que descarnaban los gemidos que ella intentaba ahogar sin mucho éxito. Él era un bruto y ella lo estaba.

Desnuda el aire aún caliente le provocaba escalofríos, los mismos que aparecen cuando no sabes lo que va a suceder, cuando esperas un latigazo de dolor atravesando la espalda, por inesperado y por intenso. Le miraba y veía que estaba en otro lugar, el de sus ideas, como un Demiurgo que rechaza miles de arquetipos para centrarse sólo en uno. Entonces los escalofríos se convertían en accesos placenteros y él lo percibía. Clavaba aún más las manos y descubría los lugares por los que pasaría el cáñamo y luego, ese roce producía el mismo calor que el plasma incandescente del mismo sol. Ardía por fuera y se deshacía por dentro. Entonces el barro informe y basto comenzaba a tomar forma, delicadeza y finura por el paso de los dedos y ayudado por el flujo de su coño que salpicaba las palmas de ambas manos.

Vasija vacía murmuraba, recipiente inservible hasta ahora. Cuando los dedos gruesos entraron en su coño, la espalda se tensó, el pelo se deslizó hacia atrás y como una cortina se cerró sobre la columna. El cuello perdió fuerza y dejó de soportar el peso de la cabeza que se venció hacia atrás. La boca se abrió y ahogó el gemido. Los pezones fueron arrollados por pellizcos dolorosos que estiraron la piel y marcaron las aréolas, primero de un blanco incipiente a un morado intenso. El grito brusco saltó de su garganta y fue sofocado por una bofetada que la trajo de vuelta a su realidad.

Empapó sus manos para seguir dando forma al barro y las restregó por toda la piel. Sonrió. «Ya sólo falta un poco de pintura roja y el calor del horno para tener mi ánfora perfecta». Luego sacó el cuchillo y cortó.

Wednesday

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