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El aire zigzagueaba entre su pelo. Aquello eran caricias comparadas con las que proporcionaban las manos toscas que ahora descansaban sobre la cama. Se acarició las muñecas aún enrojecidas y notó esas ligeras punzadas de dolor que calentaban todo su cuerpo. Sobre la cama, dormido, respiraba con la tranquilidad que proporciona la ausencia de rivales, de depredadores o de simples problemas. La espalda subía y bajaba acompañando a la respiración y la piel desnuda, brillaba ante sus ojos. Bajó de la ventana y se sentó junto a él cruzando las piernas. Ahora, la respiración era un soplido ronco que salía de su boca entreabierta. Dormido le sentía tan peligroso como despierto, al menos todo aquello era una manera de que los recuerdos estuviesen más cerca del presente que del pasado. Ahora todo era tangible.

Las piezas se habían reubicado enlazando eslabones que antes estaban perdidos, creando muescas donde sólo había bordes romos y ahora se engarzaban en una unión irrompible. Los recuerdos y las ensoñaciones se habían mezclado por fin y el cuadro estaba claro ante sus ojos. Allí tumbado, no era más que un cuerpo en paz, un descanso para su alma y por puro instinto le acarició la cabeza, enredó los dedos en su pelo corto y apretó con las yemas el craneo. La pulsión no tenía otro objetivo que el de perpetuar el contacto, hacerlo tan real como pudiera. Entonces observó de nuevo las muñecas enrojecidas que casi ilumnaban la piel blanca en contraste con el pelo negro. Luego miró sus labios, la barba, lo dientes que asomaban, los mismos que atravesaron su piel de un mordisco que todavía latía en la espalda. Rememoró como tiró de su pelo , la nuca hacia atrás, la espalda arqueada, el gemido instintivo y luego una violencia sin igual. Se sintió dentro de un tambor que giraba y giraba y se golpeaba en cada vuelta, dando tumbos entre sus manos, sus dientes y su voz.

Le encogía el estómago recordarlo, el susurro, el gruñido, la orden. Daba lo mismo. Ahora eran sus propios latidos los que marcaban las muñecas y su sexo. Mojó las sábanas sin darse cuenta. Se avergonzó un poco por hacerlo sin que él lo contemplase, pensó en esa complacencia instintiva que le había trasmitido, la de estar en su lugar, el adecuado, el que quería. Quizá no era el momento ni el sitio perfecto, pero las sábanas no podían retener aquellas emociones. Cerró los ojos y no vio como él los abría.

Allí tumbado, dejó de respirar para mirar su piel pálida, sus pechos desnudos que escondía a veces. Olió desde ahí sin moverse, su coño empapado y extendió una mano. Apretó el cuello y ella se sorprendió pero no se movió. Separó las piernas por reflejo y él se dio la vuelta. Tiró de ella mientras se incorporaba y la llevó hacia la ventana. Puso el culo en el alfeizar, separó de nuevo las piernas con el dorso de las manos y miro dentro de ella. «Tengo sed.»

Quizá fue un sueño pero ella supo que era la fuente de ellos.

Wednesday

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