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Nunca se sabe cuándo se reciben los últimos abrazos, las ultimas caricias que son bálsamo para el dolor de las marcas y los coágulos que taponan las hemorragias que bañan la piel gota a gota. Tendía a pensar que el tiempo es el que deteriora las emociones, imbuidos en esa mentira de la comunión espiritual que sólo ellos sabían. Ellos y gente que sentía y padecía lo mismo. Con el tiempo, las escaramuzas emocionales ponían las cosas en su sitio, los errores mutuos sacudían sus mentes y les enfrentaban una y otra vez a las desavenencias propias de cualquier relación. El desgaste se acentuaba, pero ambos luchaban con uñas y dientes para mantener con cierta firmeza aquella relación que empezó con tanta pasión y tanto dolor como ternura.

Las horas anteriores, maravillosas, fueron un impulso en reverdecer el fuego de su cortejo. Algo pasaba y notaban ambos que, aquel sol que durante mucho tiempo dio calor y vida a sus cuerpos y sus mentes se agotaba. Como en las estrellas mortecinas, los últimos estertores inflamaron de pasión y ardor aquellos instantes, hinchándose en aquella habitación que hoy se estaba haciendo pequeña. Las cuerdas siempre fueron protagonistas de las funciones en las sesiones golfas, el acero romo o el afilado enfriaban la piel caliente que se templaba con la sangre. Las manos se le hinchaban cuando los azotes se hacían prolongados y el púrpura asomaba en los glúteos. La electricidad se establecía en corriente alterna saltando de aguja en aguja y generando terremotos carnales en los pechos. A veces, la mordaza era incapaz de contener los dientes, ni la saliva, ni la lengua. Por eso, la apretaba un poco más. Aquellas horas estaban consumiendo de manera desesperada el combustible que hacía que todo aquello se moviera.

Al final, cuando terminaban, siempre se sentían vacíos, abandonados el uno del otro o quizá el uno dentro del otro. Era difícil poder tener una perspectiva real en aquellos momentos de desgaste prolongado. Los cuidados y las caricias fueron los mismos, pacientes y certeros, dados con la misma mesura que las olas mecen las embarcaciones en los atardeceres. Los paños templados, las cremas sedosas y los dedos ligeros. Besos superficiales que penetraban hasta los huesos. Sin embargo, el calor había desaparecido y todo se había convertido en un automatismo descarado. Incluso ella sonreía con resonancia magnética, enseñando los dientes blancos y el carmín difuminado por el rostro. Era un final pletórico pero triste, pensó.

Después de todo, terminó viendo sus pies, aquellos que anheló durante mucho tiempo, soñando con acariciarlos y besarlos y que, con el tiempo, hizo. Ahora se alejaban, descalzos y llenos de historias mientras las cuerdas siseaban tras ellos, arrastradas por los puños que mil veces contuvieron su aire.

Wednesday

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